Diciembre de 2009

> Mi vida en Pacheco

Por Guillermo R. Guerstein desde Miami, FL, USA
Escrito en Junio de 2009







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Hola a todos.

Me llamo Guillermo, tengo 44 años y he pasado mi infancia en el mejor lugar del mundo: Gral. Pacheco. Si alguien puede atesorar recuerdos bonitos de esa etapa de la vida tan importante para el ser humano, que bueno es poder transmitirlo, verdad?. Agradezco muchísimo al equipo de General Pacheco Web, la oportunidad que me dan de contarles acerca de mi vida allí, en ese rinconcito inundable, medio olvidado (en aquella época) que era nuestro barrio de los Troncos del Talar.

Nos mudamos para aquel barrio cuando apenas tenía yo unos 3 años, luego de una gran inundación. Lo primero que recuerdo de aquella época es que Racing salía campeón de América así que más o menos hablamos del año 67 o 68. La casa era un chalecito localizado en la calle Mosconi entre Mármol y Saavedra. Contaba con dos habitaciones, un living, una cocina comedor y el fondo que daba a la casa de los Céspedes. Adelante, sobre la vereda, tenía dos grandes pinos que flanqueaban la entrada para autos. En aquel momento era una de las pocas calles asfaltadas.

Así que mis años dorados de la infancia transcurrieron en aquel barrio donde los vecinos se conocían unos a otros, solo dos o tres casas tenían teléfono y la farmacia más cercana estaba a poco menos de 3 kilómetros. Los días martes había feria en la calle Saavedra donde se podía comprar desde comestibles hasta ropa. Igualmente teníamos dos o tres despensas en el barrio como la de Mansilla, la de Marta (que incluía carnicería) otra sobre la calle Austria y una que recuerdo bien la de Santa; una señora gordota y buenaza que no tenía problemas en atendernos fuera de hora. También estaba la mercería a la vuelta de mi casa, sobre Saavedra. Me encantaba acompañar a mi madre allí pues todo era silencio y mezcla de olores de puchero, telas y encierro.

Sobre la Ruta 197 había dos estaciones de servicio. Una mas desvencijada que otra. La YPF era de los Cervetto si mal no recuerdo. Y cruzando la peligrosa ruta, justo en lo que llamábamos la ¨curva de Liniers¨ estaba el único puesto de diarios y revistas de la zona. Un puestito de chapa pequeñito que decían que había sido de Rattin (famoso jugador de Boca) o alguna relación cercana.

El Rio Reconquista no era en aquel entonces un centro de contaminación como lo es ahora (o lo fue, no sé cómo será su situación actual). Un paso problemático era el puente Taurita que cruzaba el rio por la 197 pero al ser de una sola mano se formaban a veces largas filas, algunos accidentes y unas cuantas trifulcas. El cruce en el auto de mi padre siempre nos generaba temor y muchas veces nos persignábamos antes de pasar.

Mi madre intento ¨domesticarme¨ enviándome al jardín de infantes de la Escuela 14 en Pacheco. Tras intensos preparativos, que incluía delantal a cuadrille celeste y blanco, bolsita haciendo juego, vasito plegable, etc. tan solo fui 2 días a la escuela, pues el escándalo que hice ha debido ser monumental. Mi recuerdo más notable de esa experiencia fue que, subido al micro escolar saludé entre un mar de lagrimas a mi mamá con una banana en la mano que llevaba como merienda. La misma directora de la escuela me llevo de vuelta a mi casa, al parecer aturdida por mis gritos.

Así que mi educación, formalmente, comenzó en 1971 cuando ingresé al 1er grado del Instituto Incorporado ¨Fernando Fader¨ (nombre pretencioso si los hay) bajo la tutela de mi aun adorada Srta. Isabel (lamentablemente ya fallecida). A los 6 años me costaba mucho adaptarme a las reglas de convivencia ya que mi vida transcurría entre los juegos que hacía en el fondo de mi casa, incluyendo piedrazos a las casas vecinas, y la bicicleta que ya comenzaba a ser mi compañera predilecta. Además, la calle era tan tranquila en aquel entonces que la utilizábamos para los juegos de paleta (previa marcación con un ladrillo) o algo de futbol si alguien tenía pelota (de goma o de plástico ya que cuero era demasiado lujo).
Digamos que en esas circunstancias, ponerme pantalón gris, camisa, corbatín, blazer, zapatos y medias constituía la tortura más severa padecida en mis primeros 6 años de vida. Aun recuerdo que aquel primer grado lo vivía entre lo traumático de verme encerrado y aprendizaje mis primeras letras, números y disciplina pero también el descubrir que los recreos eran una aventura a conquistar jugando a la mancha, saltando la soga y comiendo galletitas Manón.

La salida de la escuela era el momento de mayor felicidad y llegar a mi casa, almorzar y hacer los deberes era el preludio veloz del momento en que podía dedicarme a jugar o –como bien lo decían las madres- callejear. Ellas, mientras tanto, aprovechaban la tranquilidad para dormir un rato la siesta antes de continuar con los quehaceres domésticos.

Muy pronto comencé a hacer el trayecto de poco más de dos cuadras desde mi casa a la escuela yo solo. El barrio era tan tranquilo que no hacía falta la compañía de un mayor a pesar de ser un chiquilín de corta edad. Las pocas veredas no se utilizaban así que la calle era el sitio de transito regular para todo el mundo.
La ruta 197 era la columna esencial para la comunicación del barrio Los Troncos con el resto del mundo. General Pacheco era el centro más cercano y San Fernando constituía el polo comercial que mas visitaba mi familia. Mi padre trabajaba y el coche era su medio de movilidad, por lo que nosotros (mi madre y hermanos) éramos habituales usuarios de las líneas de colectivos 720, 721, 365 y alguno más que no recuerdo en este momento. En aquella época a mi me fascinaba el transito que circulaba por esa importante arteria. Los ya mencionados medios de transporte, innumerables camiones, autos, bicicletas….

Tanta era mi atracción hacia aquella ruta que en una oportunidad se unió a mis ansias de libertad. Y entonces fue que un día mientras me dirigía a mi escuela, en vez de doblar hacia la izquierda cambie de rumbo y me fui hacia la ruta. Allí me quede largo tiempo metido en el refugio de material que era la parada de los colectivos. A pesar del olor a orines me sentía libre y feliz, era mi primera “rata” a la escuela. Lamentablemente, mi felicidad fue interrumpida por dolor de panza y la inminente necesidad de recurrir a un baño. Así que tuve que tomar una decisión: ir a la escuela o regresar a mi casa (a pesar de que era temprano aun). Me incline por la segunda, lógicamente, y a paso apurado llegue para sorpresa de mi madre. Luego del inevitable paso por el baño llegaron las preguntas de mi progenitora. Mi respuesta tan sencilla como inocente: como estaba descompuesto la maestra decidió enviarme de regreso a mi casa. Evidentemente el argumento no satisfizo a mi vieja quien rápidamente fue hasta la escuela y comprobó que yo no había aparecido por allí en toda la mañana. A su regreso, le costó bastante encontrarme pues la guarida del placard me oculto bien.


No crean que aquel fracaso amilano mis deseos de evadir la entrada a la escuela. Que va, tenía 6 años y debía intentarlo nuevamente!
Tras los coscorrones recibidos, penitencia y demás castigos pude retomar mi cotidiana actividad: escuela-almuerzo-tareas para el hogar-calle. La tele me trajo un entretenimiento adicional pues Viendo a Biondi, el Circo de Marrone y el show de Carlitos Bala se convirtieron en atracciones casi tan buenas como mi bicicleta o los juegos con amigos y vecinos.

En la escuela hice mis primeros grandes amigos: Humberto Gómez, Luis Peñalba, Luis Perello, Bertola, Amaya y otros tantos compañero de aventuras, peleas y juegos. La mamá de Humberto, Luisa, era la secretaria de la escuela. La recuerdo como una persona muy seria, casi siempre enojada y que nos generaba a todos un temor casi pegado al pánico.

Como dije antes, ya había quedado superado el episodio de mi ¨rateada¨ no así el deseo de volver a intentarlo. Más aun habiendo descubierto que el canal que corría paralelo a la ruta 197 estaba repleto de anguilas, sapos y otras alimañas desconocidas. Así que junte coraje y de nuevo torcí el rumbo de mi camino a la escuela enfilando una vez más al refugio rutero. Allí pude gozar tirando piedras al agua, descubrí que el verdín que formaba una densa capa sobre el agua no era precisamente suelo firme y me dispuse, luego, a disfrutar el momento de ver pasar los vehículos por la ruta. He tenido la más absoluta mala suerte de que, en un momento, se detuvo un colectivo y del mismo descendió… la Sra. Luisa!!!! Llevo aun grabado en mi memoria lo que sentí en el momento en que quedamos cara a cara…. calor-frio, temblequeo, llanto, risa, mas temblequeo…. Recuerdo que todo el camino hacia la escuela (una cuadra y media) la Sra. Luisa lo hizo con mi oreja izquierda en su mano…

 

 


Regresando de la escuela.
Ao 1972

4º A del Instituto Fernando Fader. Año 1974.

A partir de mi fracaso en las escapadas al primer grado, debo haber comprendido que la libertad tenía un precio. Justamente las cuatro horas de encierro escolar. Así que supongo que mi incipiente inteligencia y el sentido de supervivencia me llevaron a no intentar mas “locuras” como aquellas.

Sin embargo, las tardes en el barrio estaban repletas de oportunidades para vivir aventuras cotidianas. Poco a poco la bicicleta se fue convirtiendo –como lo mencione en el relato anterior- en la compañera inseparable. Las vueltas a la manzana, a mis 7 u 8 años ya resultaban demasiado limitantes, por lo tanto, comenzaba a explorar calles y zonas más alejadas.

Me atraían dos arterias, principalmente. Una era la calle Curupayti, pues si bien no estaba asfaltada, estaba cubierta con una tosca bien finita y apisonada que la hacía parecer una pista de carreras. En esa calle, entre Mosconi y la Ruta 197, vivía mi amigo Luis Peñalba. Luisito era una persona de buen corazón y buenazo; sin embargo tenía un grado de salvajismo mucho más desarrollado que el mío (entendemos por ¨salvajismo¨ a la educación callejera). Éramos compañeros de escuela y no era mal alumno pero callejear con el significaba aprender cada día nuevas travesuras. Hábil tirador con la gomera, no tenia empacho alguno en bajar a los horneros con nido y todo de árboles y postes, también cazaba con facilidad anguilas y ranas que habitaban el canal al costado de la ruta. Por lo tanto, la calle Curupayti siempre era promesa de trapisondas dignas de ser anotadas en mi cuaderno de vida.

El otro sitio que me inspiraba una enorme atracción era la calle Independencia. Hoy, por lo que puedo ver en los mapas de Google, convertida en una importante arteria que termina encontrándose con la 197 cerca de las vías del tren. Pero en aquel entonces, y según mis recuerdos algo borrosos por el paso de los años, era como el final de nuestro barrio, algo así como la ¨orilla¨. La imagen que tengo es que de un lado de la calle estaban las ultimas (y humildes) casas y del otro lado ya era campo, o ¨terrenos baldíos¨ como solían llamarse entonces. Recuerdo que un día hicimos una excursión hacia aquella zona limite. Íbamos en varias bicis todos amigos del barrio y también se habían sumado dos de mis primos con quienes nos hemos criado juntos. En uno de los terrenos había unos caballos y, más lejos, se divisaba la vivienda del supuesto propietario de los animales. Mi primo Gustavo dijo que el se montaría a uno de aquellos caballos y saldría a cabalgar con el así, sin montura solo a pelo. Nos pidió que a una señal suya abriéramos la tranquera. Dejamos las bicis a un lado y agazapados nos preparamos para la aventura. Mi primo se acerco despacio hasta donde los animales estaban, llevando en la mano un poco de pasto con el que le dio de comer a uno de ellos. Acto seguido, agarrándose de las crines monto al animal. Al mismo tiempo, escuchamos el grito del dueño quien había notado la presencia del intruso y venia corriendo hacia él. El caballo comenzó a trotar rápido y recuerdo que mi primo nos gritaba para que abriéramos la tranquera. Con terror (alguno del grupo, pues no fui yo) lo hizo y alcance a ver que ya venía a todo galope. Nosotros corrimos a agarrar nuestras bicicletas para huir rápidamente (con caballo y todo) pero éste llegando a la salida de la propiedad, dio media vuelta y emprendió regreso al terreno. Mi primo, al ver que iba directo al encuentro con el furioso propietario, saltó del caballo y sin importarle mucho los golpes y raspones se dio a la fuga detrás de nosotros, corriendo 4 o 5 cuadras hasta llegar a San Lorenzo y Fáder donde nos sentíamos ya en zona segura. Demás está decir que transcurrió mucho tiempo antes que me atreviera a circular nuevamente por la calle Independencia. La vez siguiente, ya fue porque el bichito del amor se me había prendido como los abrojos que había en la zona pero lo contare más adelante.

Hablando de los abrojos, y para finalizar por hoy, quería contarles que una de nuestras cotidianas diversiones en la escuela consistía en tirar abrojitos en las espaldas de las chicas del grado, ya que con los pulóveres de lana estos quedaban pegados. Era divertido porque contábamos quien llevaba mas abrojos colgados sin percatarse de ello. La diversión se acababa cuando en vez de caer en la ropa, este iba derechito al cabello de las muchachas. Recuerdo dos episodios de esos: uno afecto a Viviana Flores y el abrojo fue tirado por Luis Perello. El otro involucro a mi amigo Humberto Gómez y el cabello de ¨Techi¨ Mattioli una tana divina con un cuerpo mucho más grande que el de mi amigo. Aquel día, el hombre la ligó de lo lindo….

 

 

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