En esta oportunidad vamos a conocer y reflexionar sobre algunas prácticas cotidianas del lenguaje que pueden abrirnos o cerrarnos posibilidades, dependiendo de cómo las usemos. A continuación vamos a introducirnos en un terreno lingüístico, para poder comprender cómo nos regula, nos atrapa y nos compromete.

"el lenguaje es un fenómeno social y no biológico."

El lenguaje nace de la interacción social entre los seres humanos. Para que un ser humano sea capaz de hablar, deben darse ciertas condiciones biológicas. Como dice el biólogo Humberto Maturana sólo podemos hacer lo que nuestra biología nos permite; no podemos traspasar los límites de nuestras capacidades biológicas. Sin la estructura particular del sistema nervioso humano, y sin los desarrollados sentidos con los que están equipados los seres humanos, no tendríamos la capacidad de oír y hablar en la forma en que lo hacemos.

Pero el lenguaje no es generado por nuestras capacidades biológicas.

Los “niños-lobo” (aquellos niños criados en la selva por los lobos y no por seres humanos), tienen todas estas capacidades biológicas, y no desarrollan aquello que conocemos como el lenguaje humano. Porque están aislados de su especie. En este sentido quiero destacar el carácter social del lenguaje, porque es constitutivo del ser humano y porque es un fenómeno social.

Las prácticas sociales

La forma en que damos un sentido a la vida y la forma como actuamos no es arbitraria. Descansan tanto en la historia como en las prácticas vigentes de la comunidad a la que pertenecemos. Las historias que contamos de nosotros y de los demás están fabricadas a partir de un trasfondo de relatos e historias generados históricamente por la comunidad para darse un sentido y no nos es posible, en tanto individuos, trascenderla por completo. En este sentido estamos sujetos a ellas.

Somos lo que somos a partir de las relaciones que establecemos con los demás. Uno de los principales méritos de la psicología sistémica ha sido precisamente reconocer la función de los sistemas sociales (en especial el de la familia) en la configuración del proceso de individuación, o construcción de la identidad. Un principio básico del enfoque sistémico es el reconocimiento de que el comportamiento humano es modelado por la estructura del sistema al que pertenece el individuo y por la posición que ocupa en ese sistema. Cuando la estructura del sistema cambia, puede esperarse que también cambie el comportamiento individual. Lo que se hizo alguna vez puede no ser hecho nuevamente, y/o lo que parecía imposible en el pasado puede súbitamente volverse posible, para los mismos miembros del sistema.

Esto es algo que muchas veces pasa inadvertido. No nos damos cuenta cómo los sistemas a los que pertenecemos nos hacen ser como somos.

Cuando modificamos nuestras acciones nuestra realidad cambia

El aprendizaje y la innovación

Debido a que el lenguaje no es pasivo genera permanentemente nuevas realidades. Nosotros, los seres humanos creamos el mundo con nuestras distinciones lingüísticas, con nuestras interpretaciones y relatos y con nuestros acuerdos y nuestros juicios.

Hemos dicho en el artículo anterior que la acción genera “ser”, pero que la persona no “es” algo fijo o estático y siempre está por ser, en permanente cambio, lanzada a un universo desiderativo y en constante devenir. También vimos que los juicios son una parte nuclear de la identidad de las personas y se fundan en las acciones del pasado. Por lo tanto, podemos concluir que, en la medida en que modifiquemos nuestras acciones hoy, cuestionando los juicios que las sostienen: transformamos nuestro ser.

Cuando emitimos juicios estamos suponiendo que el pasado es un buen consejero del futuro. Estamos suponiendo que, porque algo sucedió una y otra vez en el pasado, podría volver a pasar en el futuro. Sabemos por experiencia que, muy a menudo, ésta es una presunción justa. Nuestra vida está llena de recurrencias, de cosas que pasan una y otra vez. Transferimos el pasado al futuro sin ver la posibilidad de crear una realidad diferente. Sin embargo, todos sabemos que el pasado es sólo uno de los factores que deben considerarse cuando nos ocupamos del futuro. Cualquier cosa que haya ocurrido en el pasado no necesariamente tiene que suceder en el futuro. Muchos factores pueden hacer que el futuro sea muy diferente. Es más, hay dos circunstancias particulares en las que nosotros mismos, a través de nuestras acciones, participamos en hacer que el futuro sea diferente —el aprendizaje y la innovación.

El aprendizaje nos permite realizar acciones diferentes, que no podíamos efectuar en el pasado. Debido a nuestra capacidad de aprendizaje alguien que en el pasado era muy mal orador puede convertirse en uno muy efectivo en el futuro. Nuestra capacidad de aprender nos permite, por lo tanto, desafiar aquellos juicios acerca de nosotros mismos. La posibilidad de aprendizaje también nos hace estar abiertos a revisar los juicios sobre el demás, dado que aprendemos del pasado y podemos modificar nuestro comportamiento. Para que esto ocurra tenemos que ser buenos observadores de nuestros errores, o dificultades, aceptarlos y aprender otras destrezas. Al cambiar la acción también cambian los resultados.

Además del aprendizaje, tenemos también la capacidad de inventar nuevas acciones, de diseñar, de introducir nuevas prácticas. A esta capacidad la llamamos innovación. Ella nos permite participar en la creación de lo nuevo.

 

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