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Los ataques de pánico en el marco de la crisis social

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En mi experiencia personal y clínica  me interesa investigar, entender  y dar respuestas a las llamadas “nuevas patologías” o mejor “nuevas formas de expresión de viejas patologías” que se han incrementado en los últimos años. En particular quisiera detenerme en el llamado “ataque de pánico con o sin agorafobia” que otorga nuevos sentidos a la neurosis de angustia descubierta por Freud allá por 1895. Es una constante encontrar en la bibliografía sobre el tema la incidencia que el factor ambiental juega en la aparición de las crisis, si bien esa incidencia es en general planteada como elemento externo al sujeto, considero que su efecto ocupa en él un lugar de privilegio.  Muchos pacientes relatan haber padecido escenas de violencia, robos, maltrato, accidentes etc. recientemente, además de estar asaltados por toda una serie de informaciones de peligro por los medios masivos de comunicación que vemos a diario y que nos sumergen en un clima de inseguridad permanente.  El factor social es determinante en la configuración de la subjetividad,  cierra el círculo de violencia colectiva y su efecto dominó. Una investigación basada en la teoría fundada por Enrique Pichón-Rivière procura relacionar la frecuencia de los ataques de pánico con la situación de “emergencia social” que se viene agudizando en las últimas décadas… “Lo que está detrás de toda conducta enferma es también un conflicto social . . En el fragmento de una de sus clases del 2 de agosto de 1968, plantea que “el pánico puede ser definido por la presencia simultánea del miedo a la pérdida y el miedo al ataque, con una intensidad tal que paralizan al sujeto provocando una desorientación total o fuga”. Ese “ser que sufre” es portavoz, denuncia y porta, en forma particular, según el recorrido de su propia historia vital y vincular, algún o algunos aspectos de los conflictos sociales de su época.  Además, la cultura del hiperconsumo nos lleva a asignar un valor extremo a “las cosas que nos proporcionarán la felicidad “o el placer y corremos tras el dinero, la casa, el coche, el prestigio, competimos para estar adelante, cueste lo que cueste y que tal como somos no valemos lo suficiente.  Tenemos que tener…

En otro orden de cosas observamos que durante esta última década hemos asistido a la gestación del llamado “nuevo orden mundial”, con el  discurso de la “globalización”, apuntando a la supuesta desaparición de diferencias y fronteras, instalando un ilusorio “único mundo posible”, con “la crisis mundial” y la “culminación de la evolución ideológica del hombre”. Estos cambios han gestado movimientos de dispersión social y fragmentación subjetiva y vincular, dando lugar a numerosos síntomas patógenos, tanto en los individuos como en los grupos de pertenencia, con procesos de fragilización e intenso sufrimiento psíquico. La agudización de la crisis nos ha expuesto a quiebres y discontinuidades que implican una ruptura de nuestra cotidianidad, generando intensas vivencias de confusión, incertidumbre y ambigüedad...  …Es una situación límite, tiene un aspecto de peligrosidad en términos de desintegración. Está afectado el proyecto, tanto en su dimensión individual como colectiva, y puede darse una pérdida del sentido, de la visión del futuro, de fin de mundo. ”… Algo terrible que esta por ocurrir;  adquiere la calidad de las crisis en medio de una emergencia social.  La escuela de Estados Unidos, liderada por Donald Klein, afirma que la agorafobia, (“temor a los espacios abiertos”) está presente en un 95 por ciento de los trastornos de pánico diagnosticados. Este miedo a encontrarse en lugares o situaciones en los cuales no esté disponible una ayuda, en el supuesto de tener un ataque o en las circunstancias en que el escape resulte dificultoso, debido a restricciones físicas o sociales, es siempre secundaria al ataque de pánico, produciéndose una evitación progresiva que es condicionada por  las crisis.

La OMS, en 1997, planteó que estamos ante una verdadera catástrofe epidemiológica, en la que los desórdenes mentales representan el 12 por ciento de las causas de enfermedad en todo el mundo. El trastorno de pánico es una categoría diagnóstica relativamente reciente, fue incluido formalmente en el DSM III, dispuesto por la American Psychiatric Association, en 1980 y retomado en el DSM IV en 1994.  El Breviario del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de 1994 define la crisis o ataque de pánico de la siguiente manera: “Comprende la aparición temporal y aislada de miedo o de malestar intenso acompañada de cuatro o más de los siguientes síntomas, que se inician bruscamente y alcanzan su máxima expresión dentro de los primeros diez minutos”. “Los síntomas ordenados según la frecuencia estadística de aparición de mayor a menor son los siguientes: miedo intenso o pánico, taquicardia, sudoración, temblores o sacudidas, sensación de ahogo, sensación de atragantamiento, opresión o malestar torácico, náuseas o molestias abdominales, inestabilidad, mareo o sensación de desmayo, desrealización o despersonalización, miedo a volverse loco o descontrolarse, miedo a morir, parestesias (hormigueos o entumecimiento), escalofríos o sofocaciones”.
“Para que exista un Trastorno de Pánico es necesaria la presencia de ataques de pánico recurrentes e inesperados y que al menos una de las crisis haya sido seguida, durante un mes o más, de uno o más, de los siguientes síntomas: inquietud persistente ante la posibilidad de tener más crisis, preocupación por sus consecuencias y un cambio significativo  en el  comportamiento diario.

Las crisis de pánico pueden ser:

- completas o típicas (si presentan cuatro o más síntomas);
- incompletas o de síntomas limitados (con menos de cuatro síntomas).

Las circunstancias determinantes de su aparición se dividen en:

- Inesperadas o espontáneas: son aquellas en las que no puede detectarse un factor causal y ocurren típicamente el comienzo del trastorno de pánico; pueden repetirse en cualquier momento de la enfermedad.
- Situacionales: se desencadenan por la exposición a un estímulo atemorizante (generadores de temor fóbico). y aun por la anticipación del mismo. Además de ocurrir en el trastorno de pánico con o sin agorafobia, pueden darse en la fobia social y en el trastorno de estrés postraumático.

 

A quiénes afecta

 La edad típica de comienzo es entre los 25 y 30 años, o en la adolescencia tardía, una época que en nuestra cultura implica la transición, separación e independencia  y en la cual se tienen que asumir las responsabilidades de un adulto. Existen manifestaciones precoces como el llamado trastorno de ansiedad por separación infantil, que son frecuentes entre los antecedentes de los afectados. Las tasas de prevalencia son mayores en las mujeres -tres de cada cuatro afectados son mujeres- así como en las personas separadas o divorciadas y en quienes han sufrido un distrés significativo como los vinculados con muertes cercanas, desarraigos, mudanzas, migraciones, abortos o partos recientes. Ataques violentos o asaltos traumáticos.
Se plantea que el pánico es el emergente más significativo de una situación catastrófica. Si bien nuestra situación social no puede ser caracterizada en esos términos, entendemos que algunos de los rasgos que la definen como emergencia social están en el origen y la frecuencia con que este síndrome se presenta.  El pánico es definido como un conjunto integrado por temor, alarma, perplejidad, pérdida de control y de orientación, y va acompañado de los más variados síntomas psicosomáticos, que son el producto de la derivación al área del cuerpo de los miedos provenientes de la mente o de los peligros exteriores. Impide toda planificación adecuada y operativa. Esta tensión o estrés repercute sobre nuestro equilibrio  (homeostasis) y acarrea una disminución, a veces considerable, de todas las defensas orgánicas bajando el umbral de resistencia a las enfermedades. Se establecen vivencias de inseguridad, incertidumbre, descontrol y fantasías de destrucción que van más allá del peligro concreto. De todas maneras, aquí lo importante no son los acontecimientos externos sino como la persona los interpreta en su subjetividad. A través de mecanismos de proyección, se produce un desplazamiento del peligro directamente al área del cuerpo, por eso la persona dice no saber o no entender lo que le esta sucediendo.

Con  frecuencia los sujetos que padecen este tipo de trastorno pertenecen a familias con rasgos rígidos, que depositan en sus hijos expectativas de éxito, proyectando en ellos su propio ideal de perfección, poniendo en juego mecanismos de desvalorización, con críticas excesivas y amenazas (explícitas o implícitas) de abandono. Deben sacar buenas notas, ser buenos, tener dinero y hacerlo todo como es debido  “Las cosas hay que hacerlas siempre bien, o no hacerlas”. Estas familias ponen asimismo en juego mecanismos de sobreprotección, generando dificultades para asumir los riesgos propios de la vida. Suelen no estar afectivamente disponibles, en la función de sostén y contingencia necesaria para el desarrollo adecuado del psiquismo. Cuando se reprimen o niegan los  sentimientos, tanto propios como del niño acumulan angustia; “De lo que se siente no se habla”; “Cuando me dan ganas de llorar, me contengo, y siento angustia y opresión en el pecho”. En definitiva no facilitan  la construcción de una identidad propia.  Entre los antecedentes familiares, es frecuente encontrar en los padres trastornos de ansiedad y fobias.

 

Conclusión

A no alarmarse. Todos padecemos de algún miedo; unos a la oscuridad, otros a las alturas; otros se descomponen en los ascensores ; otros sufren de vértigo a la velocidad, Algunos aprenden a convivir con ellos y se acostumbran, otros se inhabilitan. A veces, aun sabiendo que tenemos lo que se necesita para vivir: la presencia, la educación, el talento, las credenciales...  en ciertos dominios estamos paralizados. No nos detiene algo de afuera, sino algo de adentro. Nuestra opresión es interna. No nos refrena el gobierno, ni el hambre, ni la pobreza. Tenemos miedo, y punto. Un miedo difuso. Tenemos miedo de que nuestra relación de pareja no sea la que necesitamos, o de que sí lo sea. Tenemos miedo de no gustar a los demás o de gustarles. Tenemos miedo del fracaso o del éxito. Tenemos miedo de morirnos jóvenes y también de envejecer. Tenemos más miedo de la vida que de la muerte.
Se diría que habríamos de sentir cierta compasión por nosotros mismos, inmovilizados como estamos por cadenas emocionales, pero no es así. Sólo nos sentimos avergonzados de nosotros mismos, porque pensamos que a estas alturas deberíamos ser mejores. Más fuertes y competitivos, menos sentimentales.  Cometemos el error de creer que los demás nos esclavizan, nos condenan cuando el problema es que nos sentimos aterrados y  perdidos.
Pero debemos saber que no es la idea culpar prácticamente de todo a los Padres, a la Sociedad o al Estado. ¿Crees que  por su culpa tenes  tan poca autoestima? Si ellos hubieran sido diferentes, ¿estarías rebosante de amor por vos mismo? … si te fijas bien … la forma en que te trataban tus padres, vas a ver  que -salvo casos extremos- cualquier maltrato que hayas recibido en el pasado de ellos es leve si lo comparas con la forma en que te maltratas hoy.
Lo que podemos concluir es que no es bueno dejar que estos  miedos  se naturalicen en nosotros, pues la mente se acostumbra a todo y luego se hace muy difícil salir de estas encrucijadas. Cualquier susto o temor importante puede desatar o resignificar otros traumas mas lejanos y olvidados que hemos guardado en nuestro archivo inconciente y que desata un sin numero de síntomas y angustia que no podemos manejar. Es hora de vaciar la mente de antiguos miedos, que justificados o no por la situación actual, nos impiden vivir una vida plena  y en el momento presente que es el único que tenemos y que muchas veces  no podemos aprovechar.
Muchas gracias!

 

Lic. Beatriz Coco
encuentrospositivos@hotmail.com
http://www.generalpachecoweb.com.ar/beatrizcoco

 

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