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Memoria

Por Carlos Brid

Esquivo anduvo el sol. Se llevó todo el fulgor y las sonrisas y dejó las nubes trenzadas con el viento, con el aire inquieto inventando en la pradera locas figuras, navíos sin norte con tripulantes prisioneros de ese descalabro de angustia.
El suelo inventó grietas para que se abismasen en lo profundo las culpas y se disipasen de los labios los gemidos. Y los hombres llevaron tatuados otros días, elocuentes y erizados en el temporal del deseo.
Los pájaros se alejaron buscando abrigo en otro tiempo, donde las confidencias no dormitasen, donde las acalladas voces empezasen a destellar blancura, para que entonces, para que siempre, emerjan del barro los ramajes soberbios con las alas del deslumbramiento y los brotes escondidos, y para que los guardianes del estigma vuelvan con el preludio del renacimiento. Sin miedos, sin nudos, levantando los párpados en esa vastedad salvaje, en ese estuario de seres rebeldes que jamás entregarán la memoria.

 




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