» rincon literario

La Casa del Ombú

Por Eduardo Weisz

La casa de los Gamarra, estaba a un costado de la ruta 9 y la inserción de la diagonal José Maria Paz en la ciudad de General Pacheco, más o menos, a mitad de camino de esos dos kilómetros que recorría a diario de ida y vuelta a la Escuela. En el vértice de la unión de la ruta y de la diagonal, hay aún un gran ombú añoso que llama la atención por su tamaño, mirando desde la ruta, por detrás de éste se veía la casa de los Gamarra, era una edificación antigua de tipo colonial con paredes anchas, ventanales con celosías y rejas que daban a la calle cubiertas de enredaderas. El predio tenía una nutrida cantidad de sauces en su entorno, sus ramas caían desde su copa hasta el piso dándole un aspecto lúgubre y misterioso a la casa. Las únicas personas que se veían en ella era un matrimonio, el hombre, tenia aspecto de tambero y vestía como tal: bombacha gaucha, Alpargatas, camisa con pañuelo al cuello y boina. Él, se dejaba ver muy poco, en cambio a la mujer se la veía siempre haciendo alguna tarea. Tenían animales de granja y ella se ocupaba de cuidarlos y de darles de comer. Usaba vestidos de paisana acampanados: calzaba Alpargatas, y su cabeza estaba siempre cubierta por un pañuelo de tono claro. Jamás la vi hablar con alguien, rehuía de las charlas, se puede decir que era hacendosa pero nada comunicativa, la única persona que conozco que tuvo acceso a ella fue “La Colo” una pelirroja de vida airada muy divertida y transgresora: seguramente por esa característica logró tener charlas con ella. Por años las únicas manifestaciones de vida en la casa fueron los animales o la chimenea humeante en los inviernos.

El transcurso del tiempo lo fue cambiando todo en Pacheco, poco a poco llegó el asfalto, iluminaron algunas calles, y en la casa de los Gamarra se dejó de ver el humo de la chimenea en los inviernos, nadie supo más nada sobre la existencia del matrimonio, se comentaba que habían fallecido en un accidente de transito en uno de los viajes que hacían a Saforcada su pueblo natal en la provincia de Buenos Aires. Al no tener familiares vivos, la casa y el terreno de los Gamarra quedaron como herencia vacante, o sea que pasaron a ser bien municipal, lo insólito para destacar de esta situación fue que los animales que habían quedado en los corrales, fueron desapareciendo de a poco, algunos robados, y una cantidad de ellos habrían muerto desgarrados, como atacados por perros.

Creí que La Colo fantaseaba cuando me contó: en una noche de esas que dispuso generosamente para mí, que el matrimonio Gamarra había tenido un hijo que nació defectuoso. Según ella, el niño nunca desarrolló, quedó mirmidón y con rasgos deformes. Otras personas que también aseveraban la existencia del engendro comentaban que el nacimiento se produjo en el pueblo de Saforcada. Desde que llegaron a vivir a Pacheco el niño nunca fue visto, aparentemente solo La Colo logró verlo de lejos.

Como en todo pueblo chico, también en el nuestro nos manejamos con trascendidos, uno de estos corrillos era que el concejal del partido con más votos “Gestionó la compra” de la casa de los Gamarra para regalársela a su hija a punto de casarse; Alicia (así se llamaba) era una chica muy divertida, ocurrente y caprichosa, tuve un romance con ella en la adolescencia y nos volvimos a encontrar casualmente caminando por el centro de Pacheco, en esa oportunidad me contó que estaba muy atareada con los preparativos de su boda y que su padre le había regalado la casa y todos los miércoles, trataba de poner esa antigüedad en condiciones “Ella sola” (disimuladamente me tiró el mensaje), graciosamente se definió como una agotada feliz. A sabiendas que la situación me traería complicaciones en el trabajo, me ofrecí para ayudarle, ella, con una sonrisa pícara y sugestiva mirada, aceptó.

El miércoles de la semana siguiente estuve allí sin falta, ¡La verdad es que cuando entré a ese ambiente poco iluminado y con fuerte olor a humedad, me di cuenta que no fue una buena idea haberme ofrecido a colaborar en ordenar la casa! Alicia, notó el gesto de mala impresión que me provocó el ver la casa tan sucia y con tanto desorden de muebles antiguos que habló para distraer mi mente, su comentario solo logró acentúar más mi impresión -No sabés lo que tuve que limpiar, hasta manchas de sangre de animales por todos lados había.

No le contesté y traté de disimular la situación. La casa, por dentro se veía tan lúgubre como por fuera, la puerta de entrada era de madera maciza y de un notable espesor, la pintura de la misma estaba toda resquebrajada, la aldaba en señal de no haber sido usada nunca, estaba intacta: luego de haber satisfecho mi curiosidad de hacerla sonar, Alicia ironizó diciéndome que debí haber sido quizás el primero y el único. Las ventanas que se veían desde la calle, estaban a la izquierda de la puerta de entrada y aún conservaban sus cortinas, tan viejas que ya estaban desgarradas por su propio peso. Sobre el lado derecho de la puerta estaba la cocina, contiguo a esta había dos dormitorios casi vacíos con pisos de machimbre como la mayoría de los ambientes. En el fondo de la sala principal sobre el ángulo izquierdo, había un gran hogar que contenía cenizas de años, y enfrentadolo, a pocos pasos, descansaba un amplio sillón de cuero como a la espera que alguien prenda el hogar, sobre su lado derecho tenia el tapizado hundido, como si en él hubiera dormido un perro utilizando solamente ese lado mucho tiempo, por las manchas sanguinolentas y la grasitud sobre el cuero del tapizado, se notaba que el animal comía sobre el mismo. Mientras charlábamos Alicia corrió una de las cortinas y la ató sobre su marco, la luz se filtró con dificultad a través de los sucios vidrios, la claridad me distendió, pude ver con más atención el resto del mobiliario que denotaba un evidente maltrato. Un bargueño tenia colocado un espejo ovalado con marco de madera en posición apaisada, pude distinguir marcas de uñas, como si un perro lo hubiera intentado alcanzar con sus patas, me distrajo de esa impresión la solicitud de Alicia para mudar el sillón de lugar, lo corrimos hasta dejarlo entre las dos ventanas, era un poco pesado y ella simuló quedar extenuada sentándose en él, me miró extendiendo su mano para que me sentara a su lado: sabía de antemano como terminaría el juego; De nuestra historia personal habían quedado cosas inconclusas y Alicia, reclamaba de nuestro álbum de recuerdos algunas fotos pendientes, no obstante, pese al riesgo de la situación estaba tranquilo, sabía que su futuro esposo había viajado a Jujuy (Allí había nacido) la noche anterior para arreglar sus documentos. Entre abrazos, besos reclamados y el perfume de su piel comencé a perder el sentido de la ubicación y del tiempo . . .¡De pronto, tuve la sensación de escuchar como si alguien se acercara haciendo crujir el piso de madera! Ese incidente me inquietó y me sacó de trance, Alicia no lo notó, y continuó con su arrebato, quise quitar esa sensación de presencia de mi mente y disfrutar del momento, ¡Pero sentí de modo evidente el ruido, que no podía precisar de donde venia si de las paredes o del piso! La separé de mí preguntándole - . . . ¿Escuchás?

Me respondió extrañada -¿Qué cosa?

-¡Los ruidos! Vienen de las paredes o del piso- le dije.

Me contestó acometiendo nuevamente contra mí -No es nada, deben ser los vecinos. Quería rescatar la posibilidad de pasarla bien junto a Alicia, pero no me podía concentrar. Hacer el amor con ella fue un suplicio, no podía sacarme de la cabeza que alguien nos estaba mirando. Después de haber resuelto a medias el compromiso, mientras Alicia intentaba prender el hogar, memoricé que ella me había dicho que el ruido lo armaban los vecinos ¡Pero, recordé haciendo un repaso mental del lugar, que el predio no tenia casas linderas! Cuando el fuego prendió, volvimos a correr el gran sillón junto al hogar. De modo ocurrente le reproché en tono de broma -¡Ahora no te costó tanto esfuerzo alzarlo! Nos reímos y nos entrelazamos en mimos y arrumacos, . . . ¡Esta vez, tuve la certeza de haber escuchado un ruido que surgía del hogar! No le dije nada a Alicia, y disimuladamente mientras nos besábamos miré hacía uno de los costados de la chimenea tratando de seguir con todos mis sentidos de donde provenía ese ruido. De inmediato deduje que no podía ser de un animal, puesto que la temperatura del hogar encendido lo hubiera ahuyentado. De reojo descubrí a unos cincuenta centímetros del piso, sobre el lado izquierdo del hogar en la hendija que se formaba entre dos ladrillos ¡Un destello! Continúe mirando de tanto en tanto y actuando con disimulo . . . ¡Me erizó la piel, identificar un ojo en ese pequeño hueco de la pared! Alicia fue al baño a arreglarse y aproveché para acercarme al hogar, tomé disimuladamente uno de los leños, y con un movimiento rápido y enérgico clavé el tizón en ese hueco de la pared.

Tuve la sensación de haberle dado a ese animal o lo que fuere, incluso, ¡Sentí como un sonido gutural al golpear con el leño! Cuando Alicia regresó, yo intentaba quitar el ladrillo de la hendija con el oxidado atizador en desuso, me preguntó curiosa -¿Qué hacés?

-¡Mirá! acá pasan cosas raras.

Me contestó con ironía –Lo único raro que yo veo, es que vos no tenés tanta energía como me imaginé.

Muy irritado le respondí fuera de mí -¡Pero! ¿Vos sos tonta, o no escuchaste?.

Su respuesta fue –No pongas excusas, si no aguantás más de un rato, admitilo y listo. Esa insensatez me sacó de quicio, la miré como para insultarla, y con aire sobrador se mordió el labio inferior y levantó las cejas meneando la cabeza. Tardé un segundo en arreglarme los pantalones y salir de esa casa más enojado que preocupado, ella no hizo nada por retenerme y creo que eso empeoró las cosas. En la calle hacía mucho frío, caminé rápido hasta la parada de colectivos y me fui al bar a jugar al billar con los amigos.

En casa repasé mentalmente los episodios, pensé que lo del ruido podrían haber sido ratas o una comadreja, ¡Pero el ojo que vi, era grande como el de una persona! No quería fantasear con mi imaginación, aunque inevitablemente, me vino a la memoria el comentario de “La Colo” sobre aquel enano deforme. El acontecer diario me fue quitando de la mente aquel suceso con Alicia y el enojo por el que dejé de verla.

Quedaba poco del invierno cuando pasé con el colectivo por la casa de los Gamarra, y vi una gran grúa . . . ¡Demoliéndola! Por lo avanzada que iba la tarea, me di cuenta que hacía unos días que habían comenzado a tirarla abajo. De regreso del trabajo bajé en la parada del Ombú, (así llamamos los lugareños a esa esquina) me encaminé hacía la demolición con gran intriga. Quedaba poco en pie de esa antigua casa. Me mezclé entre los obreros y pude acercarme hasta donde estaba el hogar, mi curiosidad quedó satisfecha, cuando vi los grandes trozos de las paredes de lo que había sido el hogar, que quedaba un considerable espacio abovedado y que a su vez se conectaba entre si con el piso de machimbre.

El mismo empleado que retiraba las tablas del piso, me comentó frunciendo la pera -¡El chabón la hizo mierda a la mina!

Lo miré extrañado sin saber que me hablaba, y usando la barreta de sacar clavos como apuntador me señaló -A la mina la encontraron allí, con el cuerpo desgarrado casi adentro del hogar, ¡También! estaban recién casados y el marido se dio cuenta que la mina lo engañaba-

Continuó diciendo -Parece que el tipo se puso loco y en un arrebato de furia la mató, ahora no sé porque se ensañó así, seguro que ese tipo se pudre en cana.

Quedé mentalmente abrumado, le dije sin pensar -¡Pero! ¿Y la casa?

Me contestó -Después de la tragedia, el padre muy deprimido la mandó a demoler.

Me quedé en silencio, no sabía si estar contento por que no me habían tomado como posible sospechoso, o preocupado porque quizás todavía podía ocurrir; En cada camión lleno de escombros que partía, me parecía ver viseras o miembros desgarrados, había quedado muy impresionado y mi imaginación me hacía ver cualquier cosa.

Preocupado e interesado por la aclaración de la misteriosa muerte de Alicia comencé a indagar a algunos amigos que ya estaban enterados, todos tenían versiones distintas sobre las causas que motivaron el crimen, pero a su vez coincidían en todos los casos que el homicida había sido el marido; En mi mente rondaba una idea distinta y por tal razón me inmiscuí en el tema, acto seguido, averigüé donde estaba preso el marido de Alicia a quien yo no había conocido ni visto jamás. Haciéndome pasar por periodista, conseguí una entrevista con él. El pobre estaba tan deprimido, que lo único que decía era que el no la había matado. Logré reanimarlo un poco alentándolo, caviloso, me explicó que justo el día del crimen él había salido, se había emborrachado y se quedó dormido sin recordar donde, además, sabia que ella lo engañaba, pero tenia esperanzas que con el tiempo cambiaría, me Dijo llorando -¿Cómo la iba a matar por eso?.

Lo lamentable fue que ante la investigación policial no pudo demostrar su inocencia quedando preso y totalmente comprometido.

Me dispuse ayudar a Miguel, (Así se llamaba) demostrando que él no había cometido el asesinato, no era sencillo puesto que tenia que investigar todos los hechos sin quedar involucrado. El argumento que yo sostenía era insólito, pero en la casa donde fue mutilada Alicia, también la habitaba un pequeño humano deforme, que fue para mí, quien cometió tal aberración.

Al día siguiente decidí no ir a trabajar, muy temprano me presenté en la demolición de la casa, donde tropecé con el primer obstáculo, no quedaba más que tierra removida. Consulté con los vecinos hasta dar con la empresa que se ocupó de la demolición. En primer lugar, quería investigar minuciosamente los escombros, y si fuera necesario, ladrillo por ladrillo. Un directivo de la empresa que dirigió la demolición, me informó que a solicitud de la Municipalidad de Tigre, y estos, respondiendo a un reclamo de los vecinos del barrio Barranca de los Talas, estaban tapando con basura y escombros las excavaciones inundadas de tres canteras en el predio de un tal Caballero, en las que ya habían muerto ahogadas en varios veranos una veintena entre adultos y niños, y que justamente, sus terrenos, quedaban en el barrio a pocas cuadras de la casa del Ombú. Sin demora fui hasta ese sitio con la esperanza de encontrar evidencias de mis sospechas. Aun seguían descargando camiones de otras empresas. Uno de los capataces que dirigía las descargas me dijo –Esta es la segunda cantera que tapamos, de los 21metros que tenia, ya cubrimos 12, pero el agua viene de la vertiente y aún continúa allí.

¡Los escombros que correspondían a la casa de los Gamarra estaban sepultados varios metros bajo el agua! Me distancié del lugar apesadumbrado, me senté sobre un montículo de tierra a mirar como descargaban los camiones, mis ojos seguían el movimiento de los obreros, pero mi mente estaba en otra cosa. Regresé caminando lentamente a mi casa, tardé mucho tiempo en llegar, en el trayecto solo pensé sobre el destino y los misteriosos laberintos que impone la vida.

Hoy faltan 4 horas para que liberen a Miguel, ¡Pobre, pasó 18 años preso! Nunca lo fui a visitar, y si hubiese ido ¿Qué le iba a decir?

 




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